UNOS DE LOS MEJORES QUINCE MINUTOS vividos por un ser humano tienen que haber sido los que vivió Neil Armstrong el 20 de julio de 1969. Son los que pasó a solas sobre la Luna. Sin Aldrin. Sin perro que le ladre. Sin nadie más.
Mientras Buzz rezaba dentro del módulo lunar Aguila y Collins circunvolaba el satélite calculando los plazos del reencuentro, Armstrong deambulaba ingrávido sobre el Mare Tranquillitatis haciendo valer la primera acepción del adjetivo solo. Cuatrocientos mil kilómetros de distancia de su planeta de origen le daban tal calidad: El único en su especie. Ajeno a la obligación de tener los pies sobre la tierra, inmune al encantamiento de mirar la luna y creer conocer a dueña, epítome de la feliz babosería amorosa. Para decirlo en pocas palabras: Quince minutos sin que nadie lo joda. Tremendo gran paso para el hombre.
PERO ESTE HIJO DE OHIO, tierra de Orville Wright – uno de los primeros hermanos voladores en Kitty Hawk – dedicó la mayor parte de ese cuarto de hora a trabajar. Que sobre la luna quería decir recoger piedras mientras se orinaba encima gracias a un traje de gentil y cariñosa manguera con las virtudes de la aspiración: (nunca se ha visto ni verá un astronauta de mal humor). No se podía esperar sino estoica responsabilidad de un astronauta que había llevado su propio cepillo de dientes a bordo del Saturno V. Pero como la misma Luna que pisaba, hasta este metódico crío de la Nasa tenía una cara oculta, aunque no necesariamente oscura. Terminada su labor, imaginemos el minuto 14 con 45 segundos, Armstrong dirigió su mirada hacia el horizonte en busca de lo que le parecía una arverja flotando en el espacio. Cerró un ojo y levantó un dedo: su pulgar tapó la Tierra. Eso es poder.
EN ESE PLANETA DOMINADO POR UN DEDO sucedían ese domingo 20 de julio varios eventos relacionados. Nacía en la Maternidad de Lima un varón pronto a ser bautizado como Neil Díaz Pérez en honor al primer peatón lunar. Las tribunas del estadio Garcilaso del Cusco daban vivas a la proeza cósmica. Las sirenas de la fábricas de Arequipa sonaban en inusual algarrabía capitalista en un día de asueto. Y un dentista local, don Walter Belmont Leslie, se jactaba de una microscópica pero crucial participación en la empresa lunar. Neil Armstrong había estado en el Perú tres años antes, 1966, donde una turbulencia aérea en el camino - la venganza cósmica - le había perjudicado una pieza diental. El comandante del Apolo 11 habiá ido al dentista en Lima. Dentro de su boca, empapada de saliva expectaticia, medio gramo de porcelana peruana y con ella el Perú entero, acababa de llegar a la Luna
EL PROBLEMA AHORA era el regreso. Los 600 millones de telespectadores alrededor del mundo no sabían en 1969 que el Apolo 11 había alunizado con apenas 15 segundos restantes de combustible. También ignoraban que al momento que Buzz Aldrin abandonaba el Aguila para sumarse a Neil lo hacía con un dilema análogo al de la señora que acaba de cerra su auto con la sensación de haber dejado las llaves dentro. ¿Y si cerré por fuera?, se preguntaba Aldrin al cerrar la compuerta. Se abría la posibilidad de morir para una audiencia mundial. La Casa Blanca, en documento de involuntario titulo poético, ya lo tenía previsto.
KENNEDY PRESAGIO LA PROEZA, Kubrick la hizo bailar, Bowie le puso música. La confluencia de masa crítica premium en torno a la llegada a la Luna, haciéndola una empresa doméstica y legendaria a la vez, confirman que el futuro ya no es lo que era antes. Aquellos eran tiempos seguros, de héroes creíbles y cielos promisorios, en los que un solo televisor en casa bastaba para hacer de la historia en vivo un deslumbramiento común. Acaso el moonwalk fue el último homenaje.
Hoy en día Neil Armstrong vive retirado en su rancho, y la Luna es poco menos que un basurero de la Nasa. Hasta pelotas de golf hay. Poco importa. Para quien lo quiera la Luna sigue siendo faro de lobos , señora de mareas, y patrona de locos. Además de farmacopea variada y motivo de riqueza secreta según el mexicano Sabines. Por eso es que cuarenta años después de esa transmisión lluviosa y en blanco y negro, todo vuelve a empezar. Nunca será difícil pensar en una razón para abandonar el planeta.

