Encontrando a Serling
PERDI EL MIEDO A LA OSCURIDAD apenas empecé a ver fantasmas. Aprendí a hacerlo en Chontay, pueblo entre Cieneguilla y Nieve Nieve, en una chacra donde lo único que brotaba del suelo eran huesos y calaveras. Me enseño a hacerlo un maestro piurano que fungía de capataz de caballos para encubrir su real oficio. Esta persona también hablaba con los animales. Caballos, ovejas, pollos y chanchos. Estos proferían unos gritos espeluznantes al momento de ser sacrificados. El con una breve y privada conversación los convencía de morir en silencio. También me había curado del asma colgándome un limón al cuello, como se hacía con los perros.
ESTAS VISIONES COINCIDERON con los últimos días de la infancia. Al comienzo no podía entenderlas. Pensaba que era un problema oftalmológico, tema descartado tras rápida visita al oculista. Luego empecé a reconocer a algunas de las personas que veía acostadas dentro de cajones. Eran familiares que aún estaban vivos, aunque no por mucho tiempo más. Otras, que no conocía, aparecían cruzando temerariamente la pista sin que los carros pudieran tocarlos. El proceso culminó en presencias más calmadas, habitando lugares con naturalidad y hasta con cierto sentido de pertenencia. Así vi a un anciano sentado durante casi diez años en un departamento del que me acabo de mudar, y no por él. La primera vez me asustó de mala manera, aunque sin proponérselo pues me ignoraba. Es más, nunca tuvo gesto alguno en comunicarse, salvo algunas ocasiones que me vio directamente a los ojos, pero sin ánimos expresivos visibles. La costumbre espantó al miedo, que se trasladó hacia cosas verdaderamente más desagradables que lo sobrenatural: un daño incontrolable en contra de alguien querido, y vivo. Hace poco me enteré que un notario, ya fallecido, vivió en ese departamento tiempo atrás. Hasta ahora no ha aparecido en la nueva casa.
PERO ANTES DE VER ESAS APARICIONES si había miedo. Aparecía cuando se iba la luz, ni idea porqué. A veces me tapaba la cara con la sábana para no ver la oscuridad sin darme cuenta que la duplicaba. Sin embargo el rito de irse a acostar, signado por el forzado lavado de dientes, generaba junto con la aprensión un goce morboso. Era rico sentir miedo. Y nada alimentaba mejor ese sentimiento los programas de televisión nocturnos de entonces, comienzos de los setentas. Eran programas hechos específicamente para asustar, pero apelando a la complicidad imaginativa del televidente. Es el mismo espacio que ocupan ahora los noticieros, pero sin mayores ambiciones narrativas. La sociopatía de Mamanchura, una buena mentada de madre de Abencia y listo el pollo.
EN CAMBIO, la sola cuña de presentación de programas como La Dimensión Desconocida (1959, maniática coda al piano sobre un infinito donde presentaban una puerta, un reloj, un ojo), o Galería Nocturna (1970, sucesión de cuadros deformándose uno sobre otros al ritmo de inquietante fondo musical), provocaban el inmediato escalofrío expectaticio. Si bien de inferior calidad en sus guiones, el discurso en off que presentaba Rumbo a lo Desconocido (1963) era contundente :
Nada le está sucediendo a su televisor. No intente ajustar su imagen. Ahora nosotros controlamos la transmisión. Controlamos el horizontal y el vertical. Podemos invadirle con mil canales, o hacer que una imagen llegue con la claridad del cristal, y aún más. Podemos hacer que usted vea cualquier cosa que nuestra imaginación conciba. Durante la próxima hora controlaremos todo lo que vea y escuche. Está a punto de experimentar el vértigo del misterio que se expande desde lo más profundo de su mente hasta más allá de la imaginación.
Otra cosa. Hasta la pelusa del pijama de franela se ponía de punta.
LA SINCRONICIDAD ES AUTONOMA. Varios años después, 2006, un viejo amigo, hombre culto y afecto a la exploración de lo inexplicable, el escritor Jose Guich, escribió un cuento circular que – por añadidura – cerraba el circuito: En Busca de Serling. No lo voy a contar acá (lean: El Mascarón de Proa, editorial Mesa Redonda). El homenaje y protagonismo del cuento me llevó a darle el crédito debido por los perturbadores recuerdos infantiles al padre fundacional de la mejor televisión fantástica de todos los tiempos: Rod Serling, natural de la tres veces visitada Siracusa, Nueva York.
SERLING, pequeño y avezado ex boxeador amateur hijo de un carnicero, quería ser escritor. De los que escriben para en realidad decir algo. En los Estados Unidos de 1950 eso tan simple era algo complicado pues el Macartismo imperante censuraba todo intento de expresión crítica. Serling encontró el modo. Como el mismo lo expusiera, se dio cuenta que lo que no podían decir los políticos si lo podían decir los marcianos. Sus cuentos fantásticos, en forma de guiones televisivos, se convirtieron en inquietantes narraciones de suspenso que camuflaban ácidas observaciones al totalitarismo, a los prejuicios y el racismo. Serling fue el guionista y creador de La Dimensión Desconocida, así como de Galería Nocturna . Fumador permanente y somatizador vocacional, presentaba él mismo sus programas con una gravedad y fatalismo imposibles de descreer. Serling murió en junio de 1975 infartado tras un millón de cigarrillos en igual cantidad de noches insomnes dedicadas a imaginar pesadillas ajenas. Murió a la misma edad de Michael Jackson, ya que de monstruos hablamos.
POLVOS AZULES ES LO MAXIMO. Le debo todas la temporadas de La Dimensión y de Galería Nocturna. El catálogo de personajes serlingnianos oscila entre dos tipologías: los perdedores heroicos dignos de una segunda oportunidad y los villanos merecedores de un castigo justiciero, más pronto e inesperado de lo que imaginan. Sus tribulaciones son breves y noqueadoras parábolas donde lo imposible es tratado con total seriedad. Un capítulo favorito de La Dimensión Desconocida :
COMO SERVIR AL HOMBRE : alienígenas llamados Kanamits llegan a la tierra con aparente humildad, ofreciendo resolver los grandes problemas de la humanidad, la guerra, el hambre, la paz mundial. Lo cumplen. Paralelamente, como testimonio de amistad, ofrecen misma un libro cifrado titulado Cómo Servir al Hombre. Voluntarios se ofrecen para acompañarlos a su planeta. Cuando están abordando la nave recién se enteran que el libro ha sido descifrado. Cómo Servir al Hombre era un manual de apetitosas recetas con el ser humano como ingrediente principal.
ABRAMOS ESTA PUERTA CON LA LLAVE de la imaginación, decía Rod Serling al inicio de cada capítulo de la Dimensión Desconocida. Puertas así cada día hay menos, pero la llave no se pierde. Por eso veo con simpatía tolerante a los gasfiteros caza fantasmas del cable que se asombran con una puerta que se cierra sola. Por eso escucho con amistoso interés y tácita complicidad Viaje a otra Dimensión del profesor Anthony Choy. Ante esto nunca falta la sonrisita burlona y la miradita compasiva. Bah. Es preferible creer en lo inverosímil que en la triste y comprobable realidad; Abencia provocará aversión, pero miedo no.



oh no james, no sabia de tus visiones. las mias, gracias a tu granito de arena, se me han acabado. adios miedo, aunque ese morbito… siempre anda por ai.
jaime_bedoya Reply:
Julio 4th, 2009 at 7:33 pm
; )
Comentario by adivina — Julio 3, 2009 3:03 pm
Muy buena entrada al Blog, me hizo recordar con nostalgia las series televisivas de Serling, verdaderas obras maestras del terror, suspenso e imaginacion…
Gracias por darnos una capsula del pasado…
Comentario by MicoLoco — Julio 4, 2009 10:05 am
Estimado, Jaime:
Cuando al director de cine y TV, Narciso Ibáñez Serrador, un lector y televidente le preguntó: “¿Encuentra usted algún valor positivo en esos cuentos de miedo que nos ofrece a través de la televisión? ¿Cree usted sinceramente que la literatura de terror tiene algún mérito?”, éste respondió que: “Sí…que los hombres necesitábamos del terror. Nadie es tan impresionable como los niños, que en la oscuridad de la noche se asustan de los ruidos, los murmullos, las sombras, hasta del mismo silencio. No, nadie se asusta más que un niño; por eso creo que los hombres a veces necesitamos del terror para asustarnos y sentirnos niños otra vez.”
Recuerdo que a los catorce años cayó por primera vez en mis manos un libro de relatos de Edgar Allan Poe. Un libro pequeño de color crema de la editorial Salvat. No me despegué del libro desde entonces, y por mucho tiempo. El motivo (ahora lo entiendo): la simple fascinación de estremecerse. Nadie como Poe para sacarte un rato de tu cotidiano pellejo. Nadie como él para iniciarte en la extraña contemplación de lo bello que fenece.
En la pregunta que hiciera el lector al director se evidencia una preocupación de tipo moral: “¿Encuentra usted algún valor positivo…?” Y es que siempre se ha considerado a la literatura de “terror” como el lado negativo de la sensibilidad, como una pseudo categoría del género narrativo, o como una alegoría serie B. Pero no como una expresión natural del carácter humano-artístico.
Entendamos algunas cosas. Para escribir una historia de miedo se necesita un real talento y conocimiento. No sólo literario, sino también psicológico (casi psiquiátrico) de la condición humana, de sus fragilidades y esperanzas, de sus creencias, temores y desbordes. De todo lo que nos haga sentir susceptibles ante una fuerza que desconocemos, o conocemos en demasía. Se necesita, igualmente, una corrección superior en lo narrativo para que esto no distraiga o desanime al lector, que, dicho sea de paso, es más aprehensivo con éste que con otros géneros. Esto, debido a que el lector empieza a moverse en otro plano casi desde el inicio, sabiendo que una sensación “especial” lo espera, que no es precisamente la de catalogar calidades a la hora de adjetivar.
Así como el erotismo o la intriga, el miedo necesita un clima adecuado para darse. Será por ello que el talento literario de autores como Poe ha sido relegado siempre a un segundo lugar, resaltando sólo el sentido anecdótico de las narraciones. Se recuerda el crimen, la locura, el rumor agobiante, mas no cómo se evidenciaron esas recreaciones en letras, en el pulcro y efectivo verbo literario. Muchos, intentando emular a los maestros, han caído en el más completo ridículo con su pluma superficial y sosa que vanamente ha querido sorprendernos. Esto lo olvidan a menudo los críticos, quienes convierten a autores de sobresaliente calidad en meros escritores de culto. Algo así como el premio consuelo de la literatura universal: un espacio para los relegados al club del cliché.
Vale agregar que reconocidos escritores como Cortázar, Borges, el mismo García Márquez, Horacio Quiroga, Chejov, etc., han escrito alguna vez cuentos con esta misma mística
Entonces, una pregunta tan predecible como substancial salta al ruedo: ¿Por qué buscamos el miedo? ¿Por qué vamos al cine o compramos novelas que nos asusten? ¿Por qué vemos esas series televisivas de espantos?
Es posible que busquemos el miedo para sentirnos completos. Aunque sea como un pasatiempo de fin de semana. Buscamos una forma de erizarnos en dosis controladas, que nos permitan estremecernos del modo más seguro. El miedo (susto) es uno de los sentimientos más primitivos y puros que nos sirvieron para estar alertas ante los peligros. Ahora, la gente, estresada con tantas responsabilidades, busca una válvula de escape a su rutina. Busca algo que le haga valorar la luz de una mañana tranquila después de una noche con ruidos, apariciones, y murmullos extraños salidos de un pequeño libro de cabecera.
Un abrazo desde Cajamarca
Ybrahim
Pd: ¿Recuerda la serie “Monstruos” que daba en Canal 5, después de Panorama?
jaime_bedoya Reply:
Julio 4th, 2009 at 7:32 pm
Si !, y también Un Paso al Mas Alla. La serie de Ibañez Serrador, Historias para No Dormir, se encuentra en dvd. Saludos, Cajamarca.
Comentario by Ybrahim Luna — Julio 4, 2009 12:05 pm
Qué chevere, me hicisyte acordar que hace siglos en Cusco, pasabana por radio Salkantay, cada domingo por la noche: Viaje a lo desconocido. Un buen ejemplo del gótico cusqueño.
Comentario by joints de cusco — Julio 7, 2009 12:36 pm