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Y la Muerte no Tendrá Señorío

Posteado a las 27 de Junio de 2009 - 15:28 12 comentarios
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1. ERA 1988 y MICHAEL JACKSON bailaba para un público dominguero, familiar y aerofágico del centro comercial Plaza San Miguel. Acababa de salir el album Bad y el mejor representante infantil de un talento nacional cuestionablemente propio pero de todas maneras deslumbrante, la imitación fonomímica, entibiaba los dormidos arrestos hormonales de señoras en buzo y coquetos zapatos de taco. El replicante se llamaba Richard Bahamonde, quien desde las orillas derechas del río Rímac se había ganado por derecho propio y a los 17 años, el título del Michael Jackson Peruano.

BAHAMONDE FUE DESCUBIERTO, que duda cabe, por Yola Polastri, esa bienhechora de la disfunción temprana. Durante un tiempo Richard fue El Puma, Julio Iglesias, Camilo Sesto y Raphael, pero fue con Michael Jackson que las distancias entre personaje e intérprete parecían desaparecer gracias a misterioso pacto sicomotor. Sin terminar el colegio, Richard Bahamonde entró al mundo de espectáculo peruano como el Michael Jackson Peruano. Con ese solo número mantenía a su familia. Noble ocupación que al mismo le permitió alternar con profesionales de la talla de Alex Valle, Tribilín, Melcochita y la Gringa Inga. Richard, pensando en el futuro, estudiaba inglés.

LA MANO MATERNA ayudaba a remedar lo más fielmente posible el vestuario del Rey del Pop. El traje con que bailaba ese domingo en la tarde llevaba 32 hebillas contadas según la carátula del disco, niqueladas hasta el brillo preciso en un taller del Rímac. Los adornos de las botas se habían improvisado con plomos para pescar que vendían en la bodega. Pero era en el baile donde lo postizo se hacía de ley. Los movimientos de Richard respecto a los de Jackson no eran iguales. Eran idénticos. El plan era enviarle al verdadero Jackson un video con sus interpretaciones. Lo más probable es que nunca lo haya enviado. O que si lo hizo nunca lo vió.

CINCO AÑOS DESPUES, 1993, Michael Jackson anunciaba un concierto en Lima. En el Coloso de José Díaz, el único estadio del mundo con 300 muertos sobre la espalda. Las gestiones para lograr este espectáculo habían sido verdaderamente trabajosas. Los honorarios ofrecidos a Jackson ascendían a los 2 millones 100 mil soles. Llegaba con un equipo de 225 personas, requiriendo además la seguridad adicional de 24 agentes israelís del Mosad, así como un retrete de plata. Salvadas aquellas pequeñeces propias de un grande, y que además permitiían dejar en buen pie la calidad de la plata peruana, se empezó a armar el escenario y se abrieron las boleterías.

POCOS DIAS ANTES DEL CONCIERTO programado para el 26 de octubre, estallaron bombas. En Lima eran literales. Una explosión en el aeropuerto Jorge Chávez. En Estados Unidos, la destrucción era la de una imagen pública: acusaban a Jackson de meter niños a su cama. Ya con entradas vendidas, las posibilidades del concierto empezaron a tambalear. Susana Higuchi, ya por esas fechas atribulada eléctricamente según la leyenda urbana, se tocó de nervios aún más. Supuestamente Jackson iría a hacer una donación para la Fundación por los Niños del Perú. Además su hijo Kenji, que por entonces aún no gozaba de la íntima compañía de su mascota boxer Puñete, iba a cantar sobre el escenario en un coro infantil especialmente pedido por Michael. Lo que pudo haber sido la historia si Kenji y Jackson hubieran armonizado voces. Pero como dice otro cantante, lo que no fué no será.

SE LOGRO QUE JAVIER PEREZ DE CUELLAR, entonces Secretario General de las Naciones Unidas, interpusiera sus mejores oficios dando cuenta de los avances de la pacificación del Perú. Abimael Guzmán había sido capturado un año antes. Se dispusieron tres mil policías más así como dos mil soldados adicionales para cuidar al cantante y vigilar el concierto. Entonces estalló una segunda bomba, esta vez frente al Hotel Crillón, justo cuando la seguridad de Jackson se encontraba monitoreando las garantías que ofrecía Lima. La gira obvió la ex ciudad jardín ahora permufada de anfo y desde Santiago de Chile- donde tocó el 23- despegó hacia cualquier sitio que no fuera Lima. En comparación, Santiago era entonces una ciudad tediosa y sin sazón en lo que a lo culinario se refiere, pero muy ordenada. Hoy sigue igual, aunque con notables restaurantes peruanos que le han cambiado los ánimos.

JACKSON, EL NIÑO EXPLOTADO, el joven desadaptado, el adulto depravado, tuvo un error de juicio que afianzó su inclusión dentro de lo excéntrico, llevándolo a una muerte temprana pero adhoc: arropado en opíaceos que aliviaran una herida congénita. En el otro plato de la balanza queda una brillantez musical que cambió la música pop para siempre. Su obra, en la que dejó el pellejo, la nariz y cualquier atisbo de normalidad, fué y será la banda sonora de varias generaciones. Por eso su muerte nos quita algo que no es exactamente ni tiempo ni memoria, sino una sensación de haber estado ahí , sentimiento pendiente de nombre.

SU ERROR NO FUE intentar cambiar quirúrgicamente los rasgos de los que sus hermanos se burlaban. Tampoco lo fue cobijarse en imaginarios femeninos como refugio ante la brutalidad opresiva de su padre. Menos aún tener como mejor amigo a un chimpancé que usaba pañales y dormía con él, darwiniana anticipación a lo que vendría. Su error fue confundir popularidad con afecto. Los fans amaban lo que hacía, no lo que era. Y se murió sin que nadie, ni él mismo, supiera lo que era.

PERO ALAS TIENEN LOS ANGELES y los aviones. Nosotros andamos a pie. Fue un genio musical. Un poseso del baile, como el que brotó, sin artificios posibles, en Rio de Janeiro. Y existe afecto para quienes, postergando su propia vida, hacen que las ajenas sea más llevaderas.Aquí, una muestra apropiadamente estrambótica hecha en el año 2007 por los internos de una cárcel filipina. ( Y que acaba de ser actualizada a raíz de la partida de Jackson). Baila en paz, Miguel José.

2. FARRAH FAWCETT SONREIA desde una vitrina de la avenida Larco. Cuando la avenida Larco era una glamorosa sucesión de vitrinas y bienestar comercial clase mediero. O sea 1976, cuatro años antes que Frágil se refiriera a sus viernes sangrientos de jeans apretados. Cuando se creía, otra vez, que el Perú era Lima, y Lima era Miraflores. Y Miraflores era Larco.

FARRAH FAWCETT SONREIA a pesar de no poder salir de la ventana. Estaba en un poster. El poster de la ropa de baño roja. La detective privada conocida como Jill Monroe, dejando de lado su misión televisiva de velar y proteger a los más indefensos, e imagino que eso incluía niños, había logrado con esa imagen un efecto limítrofe a su ética profesional: que los niños que vieran ese afiche descubrieran los desordenados y gozosos impulsos del deseo.

LA SONRISA PERFECTA ya se conocía. En el poster lucía más blanca. El peinado en degradé, como si una gentil brisa estuviera siempre a su servicio, también era conocido. Las chicas de Lima lo copiaban. Lo notable y novedoso, punto focal involuntario de la imagen de Farrah, de la ropa de baño roja, del poster, de Larco, de Miraflores, y de la galaxia toda, era lo que asomaba con travieso entusiasmo de la teta derecha de la actriz: un pezón. El poster no era de Farrah. Era del pezón.

NO ES DIFICIL recordar el primer beso. Basta evocarlo para que su tenue pero persistente imagen regrese fiel, intacta en su inocencia. Más complicado es recordar el primer abultamiento viril bajo el pantalón. Tiembla cáncer, retrocede dolor: Farrah lo hizo fácil.

3. ALICIA DELGADO ERA MAS FACIL DE CONOCER por sus escándalos que por su música. Si no eran las marqueteras insinuaciones de su homogénea relación con Abencia Meza, era la contundente realidad de los hematomas mostrados en público que la segunda le propinaba como correlato de su tosco pero honrado sentimiento. Es más, antes de su cruel muerte por arma blanca, jamás se me había ocurrido escuchar una canción de Alicia Delgado. Así llegué a Quien Toma Más Que Yo. El título prometía.

ALICIA CONTEMPLA EL VASO DE CERVEZA que lleva en la mano con la misma hondura con la que Shakespeare hizo coger a Hamlet la calavera del bufón Yorik. Eso es filosfoía, y así empieza el video de Quien Toma Más que Yo. Otra escena memorable es aquella en la que Alicia canta frente a aproximadamente quince cajas vacías de cerveza, vestigio de su dolida sed de amor, solicitándole al cantinero que le fié ocho botellas más, ella deja su reloj. El coro resume el tenor de qué es lo que se está tratando de decir acá:

Así es la vida, amigos míos/Brindar por tantas decepciones/ Nadie sabe por qué tomo / Solo Saben criticarme.

CALMA ALICIA, ya nadie dice nada. Y si lo hacen no importa. Tome y obligue, comadre.

pd.

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